Durante mucho tiempo pensé que algo en mí no era suficiente.
Que en cualquier momento alguien se daría cuenta.
Que mi lugar no estaba del todo ganado.
No lo decía en voz alta, pero lo sentía en el cuerpo: en el pecho apretado, en la exigencia constante, en la necesidad de demostrar un poco más. Quizá tú también lo conoces. Esa voz que susurra “no sabes tanto”, “no estás preparada”, “esto ha sido suerte”. A esa voz hoy la llamamos síndrome de la impostora, aunque no sea una enfermedad ni un defecto. Es, más bien, una historia aprendida.
He vivido muchos cambios en mi vida. Uno de los primeros fue dejar Francia para instalarme en España. Cambiar de país es también cambiar de identidad: de idioma, de códigos, de referencias. Durante años sentí que tenía que esforzarme el doble para pertenecer, para estar a la altura.
Mi primera experiencia profesional en una multinacional reforzó esa sensación. Era una mujer joven en un puesto de marketing, en un entorno donde la mayoría de las mujeres ocupaban roles administrativos o de secretaría. No era un conflicto explícito, sino algo más sutil: la sensación constante de tener que demostrar que merecía estar ahí, de no equivocarme, de no “confirmar” ninguna duda ajena. Ese miedo a no estar a la altura se fue instalando poco a poco. Con el tiempo, se volvió familiar.
Con los años entendí algo importante: el síndrome de la impostora no aparece en mujeres desconectadas, sino en mujeres sensibles, comprometidas, responsables. Mujeres que sienten profundamente, que se preguntan, que no pasan por la vida por encima. Mujeres que han aprendido a sostener mucho.
La maternidad —en mi caso, biológica y adoptiva— fue una de mis grandes escuelas. Ser madre me enseñó a amar sin garantías, a estar presente sin tener respuestas, a escuchar más allá de las palabras. Y también me mostró mis límites. Porque cuando una se exige ser buena en todo, cuidar de todos y no fallar nunca, el cuerpo acaba hablando.
Durante años viví instalada en el “hacer”. Lideré proyectos, cofundé la primera inmobiliaria ética en Barcelona con certificación BCorp, participé en iniciativas sociales con propósito. Creía profundamente en otra forma de liderar: más humana, más consciente. Y aun así, conmigo misma era dura. Muy dura.
Hasta que llegó el burnout.
En su momento lo viví como un fracaso. Hoy sé que fue un umbral. Un aviso claro de que me había alejado de mí. De mi ritmo. De mi cuerpo. De la tierra que tanto me sostiene cuando pongo los pies descalzos sobre ella o me dejo abrazar por el mar.
El síndrome de la impostora se alimenta de la desconexión del cuerpo. De vivir hacia afuera, midiendo nuestro valor por lo que hacemos, por lo que damos, por lo que logramos. Nos hace creer que siempre falta algo más para poder descansar, para poder sentirnos legítimas.
Mi camino de formación —en terapia Gestalt, PNL, Eneagrama, mindfulness, psicología integrativa— no vino a “arreglar” nada, sino a recordarme algo esencial: no estamos rotas. Estamos aprendiendo a escucharnos. A reconocernos. A volver a casa.
Cuando te permites parar, respirar, sentir tus pies en el suelo, algo se recoloca. La voz de la impostora no desaparece de golpe, pero deja de mandar. Se convierte en una parte más, no en el centro. Y entonces aparece otra voz: la de la autenticidad. Esa que no necesita demostrar, solo estar.
Liderar, acompañar, crear, amar… todo cambia cuando dejamos de hacerlo desde la exigencia y empezamos a hacerlo desde la presencia. Desde un lugar donde el valor no se gana, se reconoce.
Si hoy sientes que dudas, que te cuestionas, que a veces te sientes “menos”, quiero decirte algo con mucha claridad: no estás rota. Estás despertando. Y despertar no es cómodo, pero es profundamente verdadero.
Quizá el primer acto de liderazgo consciente sea este: darte permiso para ser quien ya eres, sin tener que demostrar nada más.
Respira.
Escucha tu cuerpo.
Vuelve a tu ritmo.
Ahí, justo ahí, no hay impostora. Hay vida.
Para terminar, me gustaría invitarte a mi próximo taller “Síndrome de la Impostora”, que tendrá lugar el próximo 7 de Febrero en Na’am.
Apunte teórico:
El término síndrome del impostor fue identificado por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes. Observaban que muchas mujeres competentes, a pesar de sus logros objetivos, vivían con la sensación persistente de no merecer su lugar y de ser “descubiertas” en cualquier momento. No se trataba de falta de capacidad, sino de una dificultad profunda para integrar el éxito y reconocerse legítimas. Lo que describieron entonces sigue resonando hoy, aunque sepamos que este fenómeno no es solo individual, sino también social y cultural.